Valpoesía edición invierno 2026

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Quilpué, el valle secreto de Bolaño

En las colinas templadas de Quilpué, donde alguna vez resonó la samba de Pelé y más tarde la trompeta de Rengifo, Roberto Bolaño halló un refugio de sombras y revelaciones. Entre Rubén Jacob y Juan Luis Martínez, la provincia se volvió un territorio de resistencia poética, un valle donde la nostalgia se transforma en mito y la periferia se abre al infinito.

Por Juan Antonio Huesbe.

Para entender la mitología de Roberto Bolaño, (Santiago de Chile, 28 de abril de 1953 – Barcelona, 15 de julio de 2003), hay que fijarse en los márgenes de su propia geografía. Mucho antes de las noches febriles de Barcelona, de los desiertos magnéticos de Sonora y de la consagración brutal que trajo Los detectives salvajes, existieron las calles arboladas, tranquilas y levemente misteriosas de Quilpué, el legendario “Valle de las Tórtolas”. En esta comuna de la región de Valparaíso, caracterizada por su clima templado y sus colinas bajas, Bolaño vivió un retiro silencioso que nutrió su mirada melancólica y terminó por cimentar su obsesión de por vida con los poetas perdidos, las vanguardias secretas y las vidas que se desgastan al borde de la gran historia.
Quilpué siempre tuvo una doble naturaleza: la aparente calma de un refugio de provincia y un imán invisible para la leyenda. Años antes de que el futuro autor de 2666 caminara por sus veredas, la zona ya había sido tocada por el destino. En el invierno de 1962, el apacible y residencial barrio de El Retiro se convirtió en el búnker de la mítica selección brasileña durante el Mundial de Fútbol de Chile. Por aquellas avenidas de tierra y aire campestre caminó un joven Pelé, que tras lesionarse al inicio del torneo observaba el mundo con la paciencia de los elegidos, rodeado por astros como Garrincha y Amarildo. La delegación brasileña llenó de color, samba y una mística de campeones mundiales los rincones de El Retiro. Aquella épica deportiva flotaba en el aire como un mito fundacional, una mezcla de gloria internacional y cotidianidad suburbana que preparó el escenario para la bohemia intelectual que vendría después.
Fue en esta atmósfera particular donde Bolaño, en sus años de regreso y tránsito por Chile, cruzó caminos con figuras que parecían extraídas directamente de sus ficciones futuras. Quilpué y sus alrededores no eran un desierto cultural; por el contrario, funcionaban como un hervidero discreto de creadores singulares y marginales. En este escenario destacaba de manera nítida el abogado y poeta Rubén Jacob, un hombre de leyes de intelecto afilado y sensibilidad implacable, que entendía la poesía no como un adorno, sino como un ejercicio de precisión, lucidez y rigor existencial. Jacob encarnaba al intelectual de provincia que prefiere el rigor de la biblioteca propia antes que las luces falsas de la capital. 
Rubén Jacob compartía el territorio y las afinidades electivas con el inmenso y mágico Juan Luis Martínez. Desde su casa en la vecina Villa Alemana y en sus constantes andanzas por Quilpué, Martínez —el creador de La nueva novela y La poesía chilena— desafiaba activamente los límites físicos del libro, del lenguaje y de la autoría. El autor de la mítica “Pájaros de la nada” desordenaba la realidad cotidiana con la sobriedad de un burócrata de lo absurdo, coleccionando objetos imposibles y borrando su propio nombre de las páginas de sus obras. Para Bolaño, la figura de Martínez representaba el estándar más alto de la resistencia poética: la creación pura, ajena a los mercados editoriales y entregada por completo al misterio del arte.
A esta constelación de creadores se sumaba el trompetista Rengifo, una leyenda local cuya música nocturna parecía convocar los fantasmas del jazz y el espíritu de la noche bohemia. En las cantinas, peñas y casas de Quilpué, el sonido melancólico y estridente de la trompeta de Rengifo envolvía las discusiones literarias que se prolongaban hasta el amanecer. Entre el humo del tabaco, el vino barato y la pasión por las palabras, estos hombres dieron vida a un ecosistema artístico subterráneo, vibrante y ferozmente libre, lejos de los círculos oficiales de Santiago.
Para Roberto Bolaño, Quilpué y el barrio El Retiro no fueron solo coordenadas de paso en su cartografía del exilio y el retorno. Fueron un laboratorio de la nostalgia y de la sospecha. El aire de El Retiro, los ecos lejanos del Brasil de Pelé, las conversaciones afiladas con Rubén Jacob, la sombra colosal y juguetona de Juan Luis Martínez, y las notas trasnochadas de la trompeta de Rengifo se fundieron en su memoria. De este barro provinciano, Bolaño extrajo la materia prima para moldear ese territorio literario único donde la provincia chilena deja de ser un rincón olvidado y se transforma en un espacio universal, gótico, melancólico y eternamente poético.

Valpoesía presenta su edición número 6, Invierno 2026, con un eje que atraviesa todo el número: el lugar como memoria y la palabra como refugio.

El dossier central está dedicado a Quilpué, el valle secreto de Bolaño. En el barrio El Retiro, la casa de calle San Enrique N° 1890 y su placa conmemorativa abren un relato que va del Mundial de 1962 y la presencia de Pelé a la bohemia literaria de Rubén Jacob, Juan Luis Martínez y la trompeta de Rengifo. Allí, Bolaño vivió entre 1959 y 1964, y de ese barro provinciano extrajo la materia prima de su mitología literaria.

La edición continúa con Ennio Moltedo, poeta de Valparaíso, y su cartografía disidente: una poética del límite, del silencio y del reverso del espacio urbano. A ello se suma la traducción poética de El Demonio de Mijaíl Lérmontov, realizada por Valeria Viacheslavovna Bugorskaya, que abre un puente entre la tradición rusa y la lengua española.

En el plano patrimonial, Valpoesía recoge la poesía quechua —el Arawi, los haravicus, los quipus— y la memoria viva de la Casa de la Cultura de Rancagua, Monumento Histórico desde 1984. También recupera la voz de Óscar Castro, el poeta rancagüino de “Oración para que no me olvides”.

Dos testimonios completan el número: “Fragmentos de una memoria quebrada”, sobre el Alzheimer y la palabra como resistencia, y “Mi cuaderno de matemáticas”, donde un joven de Rancagua cambia el “fierro” por el lápiz. Ambos confirman que escribir es un acto de afirmación y de esperanza.

Cierran esta edición el poema “Frida Kahlo, altar de fuego y obsidiana”, el ensayo Filosopóiesis de Tania Lemarie, el especial de fotografía con pioneros, Philippe Halsman y el grabado, las galerías de Oswaldo Guayasamín y Polimnia Sepúlveda, y la vitrina editorial de Leonor Irarrázaval.

Valpoesía Invierno 2026. Edición 6. Un número para leer el territorio, la memoria y la palabra.