
Bajo el cielo vasto de Chile, nació Violeta,
hija del arte y del dolor,
su voz como el viento en las montañas,
su canto, un grito profundo del corazón.
Desde las tierras verdes y fértiles,
su guitarra hablaba, lloraba y reía,
poeta y cantautora de la vida simple,
cosechando la esencia de la tierra mía.
En cada verso, un fragmento de su alma,
historias de amor, de lucha y libertad,
Violeta, la tejedora de sueños,
con su arpillería de colores y verdad.
Sus manos, forjadoras de melodías,
acariciaban las cuerdas del destino,
mientras su voz, eterna y melodiosa,
resonaba en los corazones del camino.
«Gracias a la vida» nos dejó, un himno de gratitud
y resistencia, la luz que brilla en su memoria,
es faro de esperanza y conciencia.
Violeta Parra, no solo una voz,
sino una pintora del alma humana,
con pinceles e hilos, creó paisajes
de tristeza y alegría, de lucha y calma.
Sus arpilleras, retratos de historias,
de mujeres fuertes, de niños en juego,
artista visual, poeta del dolor y la gloria,
en cada obra, su espíritu se desplegó.
En la Peña de los Parra floreció,
un espacio de encuentro y creación,
Violeta, madre de la nueva canción,
su legado vive en nuestra nación.
Artista, rebelde, alma inquieta, su vida,
un tejido de pasión y pena,
Violeta Parra, eterna en su canto,
en el jardín del tiempo, siempre plena.
Desde la poesía que brotaba de su voz,
hasta las imágenes bordadas con sus manos,
Violeta nos mostró el poder del arte,
como puente de conexión humana.
En la música encontró su libertad, en la poesía,
su verdad más pura, y en el arte visual,
su realidad, en cada obra, su alma perdura.


