Colaboración de Entre Letras, España

EFRAÍN BARQUERO DE ORILLA A ORILLA

En su navegación igual al “barquero”, Efraín Barquero nos lleva de lo mundano a lo poético. Voz inagotable que rescata e ilumina pueblo y naturaleza. Sostenido en lenguaje esencial pleno de valores y simbolismo, construye cada verso como un artesano.

Esta mañana me despertó la noticia luctuosa. El llamado “último de los grandes poetas de la prolífica Generación Literaria del ´50”, Efraín Barquero (3 de mayo 1931 – 29 de junio 2020), con quien conversé por teléfono hace unos días, nos dejó durante los pardos granizos invernales de cuarentena, con el recuerdo de El poema en el poema. Desde su pueblo natal, Piedra Blanca, en Teno, surgieron las semillas de su poesía de raigambre campesina. Se paseó por el litoral cercano, Constitución, para recoger en la arena las palabras de espuma que arrojaba el mar en su oleaje constante. Siguió estudiando en Talca y a orillas del Maule el joven Barahona —su nombre original era Sergio Efraín Barahona Jofré—, se encontró con el barquero, de allí tomó el seudónimo. Después supo de la asociación con La Divina Comedia, de Dante Alighieri. Luego, en el Pedagógico, fue compañero de Jorge Teillier, Rolando Cárdenas y Pablo Guíñez, todos poetas de chispera, que animaban tertulias en cafés, bares y círculos literarios. Barquero, en cambio, se movía poco en esas aguas procelosas y gregarias, más bien era un poeta de la ausencia.

De Teno al mundo

Barquero fue un rapsoda de espíritu itinerante. Viajó por países de Oriente, en especial por la China de Mao, invitado por el gobierno de la tierra de Lao Tsé y Confucio, en 1962, a través de las gestiones de Venturelli. En Pekín enseñó español con los cuentos de Manuel Rojas. A su regreso publicó El viento de los reinos (1967) y dijo: “Muestro a China vista por un extranjero. No me hago el chino. Quiero decir que la veo desde fuera. Ese es el mérito de la obra”, decía sobre el poemario relanzado por Nascimento y Ediciones Lastarria (2019), que cito más adelante. Desde su raíz cristiana, pero con actitud abierta y ecuménica, la estadía en Oriente lo acercó a las enseñanzas del budismo y al zen.

Transitó por la carrera diplomática, siendo nuestro agregado cultural en Colombia, a comienzos de los años setenta. Después vivió un largo exilio en México, Cuba y Francia.

Hizo cada verso como un artesano, construyendo el sentido de habitar. Deambuló por la tradición poética que incorpora elementos propios de la lírica popular y en parte del mundo de la poesía infantil. Esta última línea creativa lo acerca a los poemas para niños de Miguel Arteche (Premio Nacional 1996).  En lo popular se entronca con Emma Jauch en sus De remembranzas y olvidanzas, alentadas en la imaginería de Pedro Olmos. Con Fidel Sepúlveda Llanos, en temáticas relacionadas con la Lira Popular. Y con Pablo de Rokha, en la expresión elegíaca de lo vernacular.

Luces y sombras del camino. Pasó precariedades, pero obtuvo reconocimientos. Impregnado de nostalgia por la aldea, sacralizó la cotidianeidad, vistiendo el manto del recuerdo poetizado y unido al pan, el cuchillo, las manos, el tejido, el agua, la piedra, la casa, el vino, la mesa, el mimbre, la puerta, el río, la abeja, el árbol, la tierra, el molino, el alimento, la madera, el rostro, la mortaja.

Obras principales de Barquero

marca la palabra ancestral que, latiendo, plasma los ritmos naturales de la tierra. La nostalgia del lar y sus relaciones con el ser humano, manteniendo un sello propio desde su primer libro que nos impulsa al retorno a la naturaleza, Árbol marino (1950), que erróneamente ha sido puesto en biografías e incluso en su Antología como si fuese el segundo. Esta aclaración sin duda es merecida, pues contiene una mirada ecológica, premonitoria, que hoy toma vigencia en trepidantes poemas de juventud casi desconocidos y poco citados, como: “Río de mi infancia”, “La muchacha dormida”, “Leyendas maulinas”, “Sinfonía de los trenes” o “Amor de la tierra”, donde protagonizan la fragancia de la selva, las gaviotas, el falucho, la gruta, el bosque, las redes, la solitaria playa inexplorada, las ciudades sumergidas.

 irrumpe con estrofas de hondo sentido social, expresadas desde la herida abierta que hurga con la daga y no cicatriza. A través de estos temas establece una simbología trascendental y mítica, utiliza elementos donde el verso oriundo sigue algunas trazas casi imperceptibles de la línea más colectiva y laboral de su amigo Neruda, quien prologó el segundo libro de Barquero: La piedra del pueblo (1954). El autor de Canto general y Matilde Urrutia fueron sus padrinos de matrimonio, cuando se casó en 1955 con Elena Cisternas Franulić, compañera con que compartió toda su vida.

Acerca de su segunda obra Hernán del Solar dice: “Este poeta desconocido aparece de pronto y se conquista un puesto preferente en la literatura nacional. Vigoroso, amplio, incontenible, trae una poesía diferente y profunda. Efraín Barquero es de esos nombres que hay que guardar en la memoria”. En Poesía chilena (Ediciones Trilce, 1966), Jaime Concha señala que se trata de un texto compuesto de la unión de dos substancias elementales: la tierra y el fuego, para detenerse luego en la capacidad que tiene Barquero en la evocación de los objetos, transmutados y establecidos como el territorio fundamental del ser social del hombre. Escribe “Los objetos… tienen una grave persuasión sobre su obra… no los disfraza con máscaras simbólicas ni los deforma en los laberintos de la emoción: los acepta en su existencia plena y desnuda”.

Con variaciones y saltos evolutivos Barquero mantendrá estas características a través de su escritura poética contenida en cerca de una veintena de libros publicados.

La compañera (1956), epifanía llena de misterio, donde ella es una niña del pueblo y en otro poema tú eres como una casa con tus senos y tu rostro. El tejido aquí se amplía hasta urdir las relaciones germinativas del beso, tejer la casa, tejer un hijo, semilla será el hombre, y la mujer, vasija. Rescata costumbres campesinas junto a las visiones de libertad, sobrevivencia, solidaridad. Se pregunta ¿Pero es que entonces no tienen ningún valor / los sueños de dos amantes pobres? La mujer lo sostiene y guía. Despunta el olor de ella, que se transforma en la fuerza del poeta, la cabellera, la lluvia, la estrella, la boca, sus ojos, el corazón que arde siempre, la primavera, el nidal, los pájaros, el trigo, la rueda, el horno, la alfarera, la mirada, el silencio, la contemplación, tu encanto, el regazo, el fruto, el hijo, las manos, la mariposa, la ventana azul.

Siguió con Enjambre (1959). Que aniden sobre mí las lechuzas centenarias, / y sus ojos sean la única lámpara encendida / para escudriñar en las tinieblas. Energía in crescendo de cada palabra perfectamente escogida y metáforas de fuerza inusitada. Por primera vez incorpora textos de prosa poética, rasgos autobiográficos que nos acercan a las figuras de los abuelos, los padres, los tíos, que pueblan “Tierras de Piedra Blanca”, “Las manos del barro”, “Inclinación del crepúsculo”. El verso se afianza y entra a una dimensión donde borra el tenue límite entre realidad y sueño. Allí el fogón y la niebla adquieren protagonismo: Sobresaltado por sombras y miradas antiguas, surgen las herramientas, el barro, la leña, los odres, el huerto, los azahares, el puma, los surcos, el águila, el camino, el caballo, el jinete dormido, los cántaros, el brasero, la cepa, la cópula sorda y sangrienta de las bestias en celo, el conjuro. Atraviesa los planetas y mares en movimiento circular que alcanza reverberos cósmicos. En su poema “Granero”, visionario atisba la temprana imagen poética del perenne ciclo del Samsára: y los vientos golpean sus alas oceánicas / para bajar a los que mueren y subir a los que nacen, / del fuego al agua, / del agua a la piedra, / de la piedra a resonar y a encenderse nuevamente.

Blancura de las manos y cal de los huesos en El pan del hombre (1960), representan la pureza de la harina, el sueño prolongación del recuerdo: El niño del largo corredor, el de la casa / oscura, que volvió por tu sueño a la pradera. En este libro Barquero nos lleva al útero, a la matriz del hogar: Esa es la hora de penetrar en el destiempo. Coexiste lo primigenio con lo numinoso: Porque es de noche cuando retorno y hay otros seres en mi mesa.

“A partir de El regreso (1961), se producen en la obra de Barquero dos movimientos que se extienden en direcciones opuestas para reencontrarse más adelante: por un lado, un despliegue metafísico y arquetípico que se detiene en el ciclo de la vida como regeneración natural y, por otro, un arraigo en el mundo del niño representado ahora a través del lenguaje infantil y el juego. De esto último darán cuenta obras como Maula (1962) y Poemas infantiles (1965), vinculadas a la relación familiar con el hijo. Estas dos obras tienen en común los recursos de la canción, el folclor popular, lo festivo, la narración y la ligereza de la imagen”, ha escrito Naín Nómez.

Decanta sus temas y obsesiones ahondándolas en El viento de los reinos (1967), contrapunto temporal entre lo eterno y transitorio, integrando hombre y naturaleza. Pone el lenguaje poético renovado en virtud de su periplo asiático: era primera vez que llorábamos a los hermanos ausentes / era primera vez que veíamos las estatuas rotas…  Yo avanzaba guiado por el centro de mí mismo / por el extraño peso de mi alma… el viento con el duro esplendor de un fantasmal otoño / me mostró las cámaras donde el sándalo duerme / los cerrados recintos / donde los objetos imperiales se agrupan / donde el oro brilla entre el polvo y el humo.

Pirámides sin hueco / esfinge con mi rostro, corcel con mi silencio, dice en Epifanías (1970). Después de los viajes al oriente su obra se enriquece con evidente panteísmo que amplía su concepción del entorno. Cuántos seres llevo en mí. Emerge un poeta diferente, más profundo y metafísico. Acentúa la dimensión de lo sagrado: Palabra-cosa, mi desnudez la habita / mi corazón me pertenece en el vacío… El poema que yo hago es mi cuerpo verdadero / el fruto sin el árbol, la ausencia sin mi amigo / es el centro de un círculo sin nadie / el punto invisible del espacio florido / el poema sucede a cada uno sin término.

Todo lo que asoma al rayo deshabitado del día / da constancia de mí. Versos que constituyen un recorrido de honda búsqueda, sello trascedente que roza lo mítico.

El Arte de vida (1971), retorna a lo arcaico, desde el asombro desmesurado, con un texto en prosa poética, construido en varios episodios sucesivos con números romanos. Al inicio del número III se lee: La noche se extiende a todas horas a mi alrededor, noche a la que se agrega un duro, un interminable, un subterráneo mundo de trabajo, que me roba a los seres que yo quisiera tener más largamente junto a mí. Este género literario aquí esgrimido con maestría, le permite hacernos saber de su primer amor; ella era la joven telefonista del pueblo: ocupada como estaba en su mesa con los misteriosos y resonantes hilos que eran mi gran curiosidad. La “góndola” que hace el recorrido entre Teno y Curicó, ciudad a la que fue enviado a estudiar: allá sigue mi destierro: hallo tan larga la semana, tan distantes las vacaciones y el verano, como un sueño inalcanzable. El temor a la muerte; la panadería del padre y el complejo proceso de la fermentación, la batea, el horno; el sometimiento a las lecturas de Pío Baroja: No sé cómo llegó su nombre y su figura tan vasca a un pueblo como Teno, donde había tan pocos libros que nadie leía.

El poema negro de Chile y Bandos marciales (1974), ambos libros dan cuenta del exilio y las experiencias del desarraigo, su trabajo se torna más descriptivo y se vuelca a la contingencia. Utiliza la anáfora articulando su visión de los vencidos. Busca la metáfora y soslaya lo panfletario. Retrata el ambiente impersonal, violento, con títulos alusivos: Los sacrificados, o El victimario y su espejo. Explora por primera vez la temática de la visión del doble, como Poe, Borges o Cortázar, enfrentando al perseguido con el perseguidor, al que cae con el que sostiene, como un acertijo plasmado con el efecto del azogue mercurial reflejado en espejos móviles. La ironía se apodera de Bandos Marciales, el poema se hace dolor y toca lo narrativo, al servicio de la denuncia a través del humor negro y lo tragicómico. “Bando 118”: Cúmplenos expresar nuestra sincera aflicción / por el desaparecimiento de Pablo Neruda, / autor este de varios libros sobre los pájaros / y gran cultor de nuestras bellezas patrias.

Durante dieciocho años no publica, hasta su primer viaje de retorno en 1992, larga travesía interior como Odiseo. Ese mismo año se editan tres obras sucesivas de Barquero con distintas temáticas y estilos, en este orden: Mujeres de oscuroA deshoraEl viejo y el niño. En el primero nos dice: Un hombre es desterrado a perpetuidad / y sale con un pedazo de su cuerpo / a vivir a la otra orilla del mundo / a donde sólo llega la voz de sus muertos. Desolación en tierra extraña: y el llanto irrumpe ensordecedor / como si vomitaran restos carbonizados / alquitrán, qué se yo. Le falta una parte de su cara, la mano cortada: Es como si tuviéramos una culebra amarrada a la cintura / y una argolla de hierro en cada pie. La lejanía se hace dolor: Y de qué hablan estos hombres sin patria / hablan de los cementerios de sus pueblos natales / porque temen ser enterrados aquí / temen quedar aquí como atascados / temen dormir junto a muertos desconocidos / bajo la nieve que han visto por primera vez.

En A deshora, renuncia a toda forma de puntuación, no usa puntos, comas ni capitulares y solo en los últimos poemas incorpora algunos guiones inclinados. Alejado por tantos años, recibió la marca de todas las heridas y nos dice: todo lo vi en el mundo /desde la otra orilla / como si lo estuviera viendo y recordando / como si lo hubiera visto / y olvidado muchas veces. Desolación que llega a lo famélico: cuando lo abracé me hablaron / sus huesos duros como piedras. La finitud: soy el desposado por la muerte. La trashumancia: siempre sería la víspera / de mi partida / nunca el ansiado / día siguiente.

Inmóviles frente a la imagen orientalizante del blanco cerezo florido, surgen las figuras de El viejo y el niñocon el sabor de su primer recuerdo, de su primer olvido. En este libro Barquero regresa a la prosa poética y al uso clásico de la puntuación. A través de las figuras del anciano y el niño, dibuja las sombras de un día muy antiguo, interminable, mientras observa la nieve caída, que es como la página en blanco antes de escribir una carta. Con los guiones indica el inquietante dialogo en torno a sus existencias: -¿Los que se van no regresan? / -Sí, vuelven, pero nunca encuentran el instante / perfecto, la estación preferida. Muestra la doble cara de algunas cosas, desde el desarraigo: Estoy frente a mí mismo con temor de que sea ya muy tarde.

En 1998 publica La mesa de la tierra, versos untados en recóndito espíritu solidario de integración: Para que siempre te acuerdes al extender la mano / que estás tocando la mano de todos los hombres. En el poema “Trueque sagrado”, habla del pacto de sangre, donde los hombres muerden el hierro del cuchillo para quitarle su sabor amargo. En este libro diría que Barquero ha depurado el reencuentro entre naturaleza e historia humana. Búsqueda solitaria y solidaria de los gestos indulgentes, dimensión fraternal donde la mesa congrega y se presenta como símbolo magnánimo del rito, continuidad de la especie, pertenencia y arraigo. Metonimia del hombre y la casa, eterno retorno donde el cuchillo alcanza el grado litúrgico en la mesa, donde corta el pan o repite el acto esencial de sacrificio y traición. Aquí se aleja de la poesía lárica y alcanza un grado de metaforización que lo entronca con cierto romanticismo vitalista y las antiguas corrientes gnósticas. No es una mesa, es una piedra. Tócala en la noche. / Es helada como el espejo de la sangre / donde nadie está solo sino juzgado por su rostro… / Porque el hombre tiene la edad de su primer recuerdo.

Su Antología (2000) constituye un recorrido por la poesía de quien ha sido considerado uno de los poetas chilenos más deslumbrantes del siglo XX y comienzos del XXI.

A través de su larga trayectoria resalta la constelación de significados en elementos como el agua, la piedra, la casa, la mesa, la tierra, el pueblo y el hombre, centro de ese acontecer poetizado, que lo lleva a ser: un hombre meditando en el misterio de estar vivo. A partir de Epifanías (1970), donde surge a menudo “como un pez vuelto a ser pez”, el poeta experimenta un claro salto y refundación. Giro que advierte su obra limpia y equilibrada desde los años del periplo oriental, reflejando amplia visión en la búsqueda de respuestas a preguntas existencialistas, universales y eternas.

El poema en el poema (2004), es protagonizado por el poema homónimo que enfatiza su impronta: La poesía es como hacer un gran fuego / un soplido largo, muy largo en las tinieblas / cuyo sonido cambia si es invierno o verano / olvidando quienes somos en la eterna llamarada. Conserva la hondura, calidez, calidad y coherencia de una poesía afincada en los sentimientos más profundos del ser humano, que refleja el sentir y la identidad chilena y latinoamericana. En el poema “Nadie está lejos” nos dice: Nadie está lejos si puedo nombrarlo / si mi perro mueve la cola cuando lo nombro /…si con mi copa en alto se la ofrezco al destino / mostrándole los cuatro extremos de la mesa / …si para todos alcanza esta incalculable medida / derramada en el hombre y ofrecida en la copa…

 

 

 

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