Fábula rusa

Marc Chagall, un pintor con alas de poeta

Antiguamente los hombres no tenían sobre la tierra, sueños, ni ilusiones. ni entusiasmos. Trabajaban con fatiga para conquistar su alimento. Eran todos enemigos, y luchaban sin tregua. Sus ojos no veían la belleza. Las criaturas humanas, sensibles sólo a la desesperada realidad de las necesidades materiales, no poseían la divina fascinación de la hermosura. Su pesado paso dejaba profundas huellas sobre la tierra, inútilmente cubierta de flores.

El mar tuvo lástima de los hombres y, un día, de sus olas espumeantes, surgió una inefable criatura: la poesía.

– Ve junto a los pobres mortales, oh, mujer eterna -dijo el mar-. Te ofrezco cien almas, mil almas apasionadas. Te ofrezco el gozo del canto; tendrás de mí, que te he creado, unas veces la melodiosa paz azul; otras veces el espanto ululante; a veces la frenética rebeldía. Tu rostro será mudable: en él alternarán la luz de la esperanza, el divino color del presagio, la sombra dorada de la alegría, la oscuridad del tormento. Serás sola y nocturna, suave y formidable, clamorosa y acariciadora, pero siempre en ti habrá música y habrá belleza.

La poesía llegó al mundo de los hombres, ellos miraron hacia el mar y temblaron de emoción. Se inclinaron hechizados sobre las vívidas corolas, suspiraron siguiendo el vuelo de los pájaros. Todas las armonías se conjugaron para formar la belleza; todas se reunieron, por milagro, en el alma humana.

Un hilo invisible unió los cielos centellantes con el ansia de las criaturas, el palpitar de la tierra con los dorados sueños.

Con la poesía, el hombre conquistó el cielo. Y Dios descendió a todos los corazones llevándoles la más alta promesa.

La hija del mar, la poesía, avanzó ligera, hacia los hombres. Acarició sus rostros impasibles, arrojó luz en los ojos sin sol, puso, en todas las almas, las tiernas notas de una canción. Y rió, danzó y lloró.

Besó las heladas frentes, estrechó todas las manos.

Enonces los hombres miraron al cielo y se asombraron de verlo tan amplio y luminoso.

«Paisaje azul», de Marc Chagall

MARC CHAGALL

Chagall, ruso como la fábula aquí citada, nos lleva a volar en fantasías. Invertimos de adrede la definición de Henry Miller, quien le llamó «un poeta con alas de pintor».​ El orden no altera el producto, da el mismo resultado para la ecuación: Poeta y pintor por excelencia.

Su personalísimo estilo pictórico entre onírico y folklórico, encarna en sus obras las vivencias culturales, religiosas y personales de Chagall, quien, fielmente a lo largo de los años, no renunció a la imaginería del folclore popular ruso y fue construyendo realidad y fantasía con su propia estructura lógica, a la vez simbólica que el subconciente le fue dictando, fluyendo desde las raíces de su historia. Podemos contemplar esos sueños nostálgicos de su procedencia campesina rusa, transmitiendo la añoranza de manera muchas veces ilógica, pero, ¿acaso el poeta no es un pequeño dios, capaz de crear propios mundos?

La fábula rusa relatada, en la cual, la Poesía se nos presenta como un ser multifacético de «rostro mudable», quien arrojó en Chagall luz, y a través de esa mirada, nos introducimos en los universos maravillosos de sus cuadros plenos de emociones, color, fantasía, ingenuidad infantil. Lo ilógico, pareciera ser nuestra realidad contingente, de supervivencia, de caras obscuras.

El pintor con alas de poeta… o al revés. Es un profeta que nos revela nuevamente a la hermosa criatura nacida de la espuma del mar desde aquellas gélidas aguas rusas que llamamos Poesía. El «viejo» Chagall, nos hace mirar al cielo para volver a asombrarnos de ver el universo cada vez más amplio y luminoso.

Por Henry Chicago-Mancilla

Enlace al Museo Marc Chagall: https://musees-nationaux-alpesmaritimes.fr/chagall/