La voz de una mujer. Claros y oscuros desde el Claustro

Francisca Josefa del Castillo y los versos de una escritora religiosa y poeta colombiana. (1671-1742)

Francisca Josefa de Castillo y Guevara, hija de padre español y madre criolla, ingresó a los diecinueve años de edad al Convento de Santa Clara, en Tunja (Colombia) profesando como clarisa en el Convento de Santa Clara La Real de Tunja, tomó el nombre de Francisca Josefa de la Concepción al profesar en septiembre de 1694. Fue maestra y ejerció muchas labores conventuales entre las cuales también fue instructora de novicias y en cuatro ocasiones fue elegida abadesa.
Como era la costumbre de entonces, el gran recato y cuidado implicaba el mayor encierro posible, vivió en una sociedad en la que reinaba el prejuicio contra la instrucción femenina, aunque sus primeras letras las aprendió con su madre, quien la introdujo en la lectura de Santa Teresa de Jesús, ello influyó en el desarrollo de su vocación religiosa.
Es reconocida como escritora al menos desde el siglo 19, cuando su texto conocido como Mi vida es entregado a impresión en 1817, setenta y cinco años después de la muerte de su autora, aunque había sido publicada por la Imprenta de la Compañía de Jesús en 1740, primera publicación que se conoce del Nuevo Reino de Granada, no fue muy conocida por sus contemporáneos.
Francisco de Herrera, su confesor entre 1690 y 1695, le mandó que escribiera los sentimientos que Dios le inspiraba; así nacieron los Sentimientos espirituales, una de sus más importantes obras, más tarde conocidos como Afectos espirituales, que no se publicaron hasta 1843.
Su corpus se fue ampliando con el hallazgo del Cuaderno de Enciso, un librito de cuentas que su cuñado le regaló y en el que Sor Josefa escribió también algunos poemas de inspiración religiosa y copió algunos otros de Sor Juana Inés de la Cruz, que por un tiempo se creyeron suyos.
Desde los muros de la escritura conventual colonial femenina, emergían autobiografías y escritos místicos que las monjas escribían mayormente por orden de sus confesores con el propósito de incentivar más la Fe católica.
Entre luces y sombras, desde las celdas del claustro, emergía la mística literaria y la experiencia religiosa de Sor Josefa en su escritura. Está presente también en su poesía, el discurso amoroso en donde el objeto de amor está ausente, provocado por aquella experiencia mística interior tras el encuentro con la divinidad que alentaba su vida y su escritura. Ese motivo superior le permitió como escritora, andar y desandar el camino de los versos. Aún cuando durante toda su vida los sacerdotes que fueron sus confesores la animaron a escribir sobre los sentimientos místicos que experimentaba, esa insistencia para que expresara literariamente sus experiencias, si bien, estimularon el don innato que la monja-poeta poseía como un don, es su propio talento o regalo divino, el que despertaba su inteligencia no exenta de celos.
Sor Josefa es intensa en la predominancia de imágenes y visiones para transmitir esos mensajes religiosos como fenómeno místico que comunica verdades trascendentes, sinfonías al oído, de voz y de divinidad con sensaciones sonoras y musicales de armonía, encuentro, sosiego y gozo de la unión. Asimismo en junto a esos cielos, se desatan los infiernos de quejidos, gruñidos y ruidos horribles que constituyen la dimensión sonora del tormento y la culpa, quizá una protesta compuesta en clave ante la imposición de la norma colonial y machista.
Estos poemas nacidos desde la sumisión de una sociedad colonial amordazadora y aún lejos de la revolución emancipadora que iría ganando la mujer, están notables versos en donde los sentidos corporales no rechazan la perfección espiritual.

Deliquios del Divino Amor en el corazón de la criatura
y en las agonías del Huerto.

Afecto 46
El habla delicada
del amante que estimo,
miel y leche destila
entre rosas y lirios.
Su meliflua palabra
corta como rocío,
y con ella florece
el corazón marchito.
Tan suave se introduce
su delicado silbo,
que duda el corazón
si es el corazón mismo.
Tan eficaz persuade,
que cual fuego encendido
derrite como cera
los montes y los riscos.
Tan fuerte y tan sonoro
es su aliento divino,
que resucita muertos
y despierta dormidos.

Tan dulce y tan suave
se percibe al oído,
que alegra de los huesos
aun lo más escondido.

Al monte de la mirra
he de hacer mi camino,
con tan ligeros pasos
que iguale al cervatillo.
Mas, ¡ay! Dios, que mi amado
al huerto ha descendido
y como árbol de mirra
suda el licor más primo.
De bálsamo es mi amado,
apretado racimo
de las viñas de Engadi,
el amor le ha cogido

De su cabeza el pelo,
aunque ella es oro fino,
difusamente baja
de penas a un abismo.
El rigor de la noche
le da el color sombrío,
y gotas de su hielo
le llenan de rocío.
¿Quién pudo hacer, ¡ay, Cielo!,
temer a mi querido?
Que huye el aliento y queda
en un mortal deliquio.
Rojas las azucenas
de sus labios divinos,
mirra amarga destilan
en su color marchitos.
Huye, Aquilo, ven, Austro,
sopla en el huerto mío,
las eras de las flores
den su color escogido.

Sopla más favorable,
amado ventecillo,
den su olor las aromas,
las rosas y los lirios.
Mas, ¡ay!, que si sus luces
de fuego y llamas hizo,
hará dejar su aliento
el corazón herido.

«El cumplimiento del voto de castidad se traduce en las imágenes lúbricas y las tentaciones que se le aparecen a la monja en el encierro del convento y que transcribe en sus palabras. «El martes de la Pascua del Espíritu Santo, estando a mi parecer despierta, aunque embarazados los sentidos, que no me podía mover, se echaba sobre mí un bulto como un indio muy feroz, renegrido, y con la cara muy ancha, la boca y los dientes disformes, y el cabello como cerdas de caballo, y oprimiéndome y causándome muchas tentaciones. […] a principios de octubre […] volvió de la misma suerte a cargarse sobre mí, aunque la figura era como de un mulato muy feo y ardiente, y sintiendo yo aquel peso, le preguntaba […] y así volví en mí, aunque sintiendo muy grandes tentaciones”. La sexualidad reprimida llena de remordimientos da lugar a expresiones de fascinación y tormento en sus visiones del cielo y el infierno. La agitación interior que expresa la madre del Castillo en metáforas no exentas de sensualidad es acaso la que vivieron muchísimos hombres y mujeres en tiempos en los que la autoridad terrenal conjuró con la celestial contra el amor y la felicidad cotidiana». Cita de Revista credencial. Véase el siguiente enlace: https://www.revistacredencial.com/historia/temas/deliquios-del-divino-amor-el-amor-mistico-de-la-madre-francisca-josefa-del-castillo

Fuentes: http://www.poetaspoemas.com/
Universidad Externado de Colombia Decanatura Cultural
Wikipedia