La historia que me contaron en Berlín

Caminé hacia la estación del metro Cottbus, aún era temprano. Afuera estaba lloviznando. Cuando llegué a la estación entré a una pequeña cafetería para servirme un café. Junto a la puerta un pobre hombre estaba tocando su violín, canciones agradables pero que no conocía. Algunos pasajeros le dejaban monedas en una taza de cobre, mientras el perro que estaba cerca miraba a la redonda descontento y aullaba como lobo.
Después de comer mi sandwich, tomé una taza de café con leche. Alguien había dejado la vieja serie de “Bild” sobre la mesa. Mientras lo hojeaba, el metro llegó a la estación y yo dirigí mi atención hacia él, consistente, llegaba siempre puntual.
En Alemania, la puntualidad es como una enfermedad. Si por ejemplo, el metro tiene que llegar a las ocho y cuarto de la mañana, a esa hora llegará siempre. Vi por primera vez a Mushtariy en esta estación, afuera caía un chubasco. El metro comenzó a moverse yo estaba adentro de él. Puedo recordarla, corriendo hacia la entrada intentando llegar al vagón y traté de mantener las puertas abiertas parándome entre ellas, sabía que los trenes no podían avanzar sin cerrarlas. En cuanto Mushtariy pudo entrar, me dio las gracias.
— Lo hice porque me sentí mal por ti.
Aun así, gracias —dijo—, evitaste que llegara media hora tarde.
Como estaba lloviendo afuera, el agua escurría por su cabello suelto y su cara morena goteaba.
— Parece que olvidaste tu paraguas.
— Tengo muy mala memoria. La mayoría de las veces, no puedo recordar ni las cosas importantes.
Su traje era simple, de color rosa y negro, pantalones de sastre clásicos y portaba una bolsa común, todo esto la hacía parecer sencilla. La paz interior y la reserva en su mirada invitaban a la conversación…
Después de abandonar la estación, fui hacia la librería Heerstrasse. Después que Mushtariy dejara su trabajo, otra mujer que parecía latinoamericana, ocupó el puesto. Era atractiva y morena. En cuanto entré a la tienda, acudió a mí y me preguntó si necesitaba ayuda. Casi no había cambiado la librería. Tampoco me quedé mucho tiempo ahí, no creí que fuera buena idea comprar algo. Salí con un libro de Kafka, no muy caro, debajo del brazo.
Todo se veía un poco diferente la primera vez: en cuanto entré, pude reconocer a Mushtariy dándome una cálida bienvenida. Ella también me pudo reconocer luego del evento del metro, y me dedicó una pequeña sonrisa, apenas en las comisuras. Después, comenzó a recomendarme libros.
— Paso por aquí casi en cualquier momento libre que tengo de la universidad, —dijo— mientras me recomendaba el libro de poesía de Rainer María Rilke. No le presté mucha atención a lo que estaba diciendo en ese momento. No era algo inusual que en Alemania, no sólo los estudiantes extranjeros, aún también los locales trabajan en diferentes tiendas, restaurantes y organizaciones por una paga. La razón por la que mantuvo mi atención fue diferente. La miré sorprendido cuando me dijo que era de Uzbekistán.
— ¿Por qué me ves así? —Preguntó—.
— Eres de la tierra natal de mi papá, —contesté—.
Me miró sorprendida, había pensado que yo era alemán. Físicamente, parezco alemán, por el parecido que tengo con mi mamá, ella es alemana. Soy un hombre blanco que hablaba alemán, es mi lengua materna. Tengo espíritu alemán, aunque mi abuelo había sido uzbeko. Aún cuando no profundizaba nada de esto ni con mi padre ni conmigo, lo supe después accidentalmente.
Encontré un diario que escribió hasta su muerte, incluyendo sus años infantiles, los años de guerra y su vida algunos años antes. Él abuelo era un niño en ese entonces, escribió que odiaba a Stalin y a los Bolsheviks por haber exiliado a su madre a la helada región de Siberia, por haber asesinado a su padre y por causar la hambruna artificial y el desasosiego que reinaba en el país. Tal vez, fue por ello que se alió a la legión de Tukistán, después de presenciar las patéticas consecuencias del cautiverio y por haber perdido parte de su vida día tras día en el campo de concentración Buchenvald, así como otros lo habían hecho durante la guerra. Hasta el final de la Guerra, mi abuelo estuvo con Ruzi Nazar un amigo y compatriota, activo para no ser muerto por los Bolsheviks.
En su diario, escribió que él era de una ciudad llamada Marghilan, un lugar hermoso situado en un valle. Yo estaba leyendo sobre la tierra natal de mi abuelo por primera vez y me sobrepasaba el deseo de conocer aún más de él. Hambriento, busqué detalles sobre aquella tierra aunque la tensión que se generaba en casa no me lo permitían.
En nuestro comedor había una fotografía del abuelo con Ruzi Nazar usando los uniformes del ejército Nazi. No importaba si era Navidad u otra fecha simbólica, nunca decía una palabra, permanecía con los labios pegados y la cara hierática. Su estado y apariencia me hacían creer que nunca me diría nada. Era especialmente reservado acerca de su tierra natal y yo no podía soportar las preguntas que se generaban en mi interior.
Antes de comer, siempre daba gracias en susurros en una lengua desconocida para mí. Oraba orientado hacia el oeste sobre un pequeño tapete con flecos cinco veces al día, pero permanecía alejado de su tierra y de sus memorias. Para librarse de esto, se casó con una mujer alemana, crió a mi padre como alemán y le buscó una prometida alemana. Mi papá me educó a la forma alemana, con su lenguaje, sus costumbres y tradiciones. Yo no podía hablar otra lengua en mi casa, aunque no había necesidad de la prohibición, ya que todos hablábamos alemán como lengua materna, gracias al esfuerzo de mi abuelo.
Aunque algunas veces podía preguntarle sobre ciertas cosas, lo irritaba demasiado y se oponía al activismo político que se vivía en su tierra, de ese modo, se aseguraba que no pudieran acusarlo por la forma en la que había actuado años atrás. A pesar de su enojo, irritación e incomodidad, no podía entender por qué mi papá se llamaba Bakhitiyor, y yo tenía por nombre Isfandiyor, tan parecidos a su propio nombre, que le recordaban a su tierra. Pareciera un guiño del destino, gracias a su propio nombre, no contábamos como alemanes aunque viniéramos de lugares muy lejanos a Turquía.
Cuando le conté esto a Mushtariy, ella comenzó a llorar, su abuelo no había regresado de la guerra. Tal vez haya muerto con alguna de las balas que mi abuelo disparó.
La tierra natal de mi abuelo queda a 80 millas de la mía, me dijo Mushtariy cuando pudo calmarse. Después de hablar con ella, me llené de un ardiente deseo por aprender de aquellas ciudades originarias: Marghilan, Andina, Fergana… Mushtariy me habló sobre la majestuosidad de las montañas que enmarcan esos lugares, las tradiciones, las costumbres y la forma de vivir de aquellas personas con gran entusiasmo.
Cuando terminé mis actividades en el banco, me apuré para pasar todo el tiempo posible en la librería. Naturalmente, Mushtariy siempre estaba ahí. Una mano invisible me atraía hasta la librería y yo me encontraba fascinado con emociones desconocidas, pero dulces. Me sentía como si no tuviera oxígeno y sólo cuando estaba con ella, podía respirar bien y profundamente.
Pensé en llevarle un ramo de flores o invitarla a cenar a un restaurante elegante, pero nunca le había prestado mucha atención a las mujeres porque soy tímido. Mi valentía se debilitaba y evitaba que pudiera pensar bien. Además, creí que era un poco pronto para pedírselo, ya que apenas le había preguntado acerca de la tierra natal de mi abuelo y evitaba otros temas. Día tras día, ella ampliaba mi horizonte y mi conocimiento cuando describía para mí esa tierra distante donde mi abuelo había nacido. Como resultado, el deseo comenzó a arder en mí, quería conocer y ver la vista panorámica en el lugar, estaba obsesionado con la idea.
Un día tomé el valor para pedirle a Mushtariy que comiera conmigo. Al principio no confiaba en mí, pero con el tiempo comenzó a considerar mi propuesta. Me pareció extraño, ya que ella conocía la cultura europea, pero no dio la respuesta que cualquier europea soltera daría. Recuerdo que ese día comimos juntos. Era domingo y los dos nos sentamos relajados en el restaurante.
— ¿Te gustaría que te enseñara a hablar uzbeko? —preguntó Mushtariy— mientras comía sardinas.
Yo estaba bebiendo agua mineral y me sorprendió con su pregunta.
¿Cómo? —Dije sorprendido—.
Comenzó a enseñarme en el restaurante y pude aprender algunas palabras, también frases como “hola”, “¿cómo estás?”, “ten un lindo día”, con la ayuda de Mushtariy. Mientras las pronunciaba, experimenté una emoción extraña. Estaba hablando la legua de mi abuelo por primera vez. Ella volteaba a ver hacia otro lado mientras yo la observaba, era mi mujer ideal.
—¿Sabes qué significa tu nombre? Preguntó para remediar un silencio incómodo.
— No lo sé, conozco el significado de Pedro, Paul, Sebastián, porque todos son nombres de santos. Pero nunca he pensado en el significado de mi nombre.
— Tu nombre significa “regalo de Dios”, -dijo-.
Ella estaba en lo correcto, el abuelo me había dado ese nombre con un propósito, mi madre decía que ella sufrió mucho mientras daba a luz. Él sufrió mucho más que mi papá, oraba continuamente hincado en su tapete.
Después de eso, Muchtariy volteó a ver la calle desde la ventana y me susurró el significado de su nombre. Aunque a ti no te interesa —repicó—.
Estaba ligado a ella por hilos invisibles en apenas seis meses, lo sentía desde el fondo de mi corazón. Escuchar esto me preocupaba; me repetía a mí mismo que ella no tenía ninguna razón para quedarse. Me invadió una ola de ansiedad. Sorprendentemente, regresar a su lugar de origen no la hacía muy feliz.
Enseñaré alemán en la escuela donde yo estudié, contestó con semblante triste, cuando le pregunté por sus planes a futuro. Mientras nos decíamos adiós, ella se volteó y exclamó:
— ¡Extrañaré Alemania para siempre! Lo decía tratando de no mirarme directamente a los ojos.
Han pasado tres meses desde que se fue. ¡Tres meses! Ella ya no está en Berlín, donde las personas caminan como robots debajo de un cielo gris, como dentro del mecanismo de un reloj. Cuando tengo un poco de tiempo, paseo por la estación del metro, por la librería y en el restaurante Tornstrasse, ahogando las memorias del tiempo pasado con Mushtariy. Paso horas sentado ahí tratando de pronunciar las palabras y las frases del uzbeco que ella me enseñó.
Por la tarde, camino desde Heerstrasse hacia Fridixstrasse, donde está mi lugar natal. Mis padres estaban en casa, papá leía el periódico.
Mientras caminaba por el pasillo, miré la foto de mi abuelo con Rusi Nazar, vestía un uniforme militar mostrando más su dolor que su nobleza. Cuando me acerqué a la mesa, mamá sirvió un tazón con sopa.
Papá, me gustaría visitar la tierra del abuelo, —volteé para verlo—, él dejó de leer su periódico, lo dobló a la mitad y me miró con sorpresa. Continuó leyendo como si no pasara nada. Se hizo un corto silencio.
— ¿Y, qué pasa con tu trabajo en el banco?, preguntó después de un rato.
— Tomaré vacaciones -le dije-.
— ¿Es demasiado importante que vayas allá? —Preguntó, arrugando la frente—.
— Déjalo ir, replicó mamá desde la esquina del cuarto en donde estaba sentada.
Papá lo pensó por unos momentos y asintió con la cabeza. Mi madre entró al cuarto del abuelo y sacó unas cosas para mí. Era un pañuelo viejo con muchos colores y con camellos en las esquinas.
— Tómalo, dijo mamá entregándomelo, y agregó: tu abuelo siempre lo cargaba consigo cuando seguía vivo.
Aquel día, desperté prematuramente, con emociones fuertes para emprender mi vuelo. Era la oportunidad de ver aquella patria soleada de mi abuelo, tierra que ahora se convertía también en la tierra de Mushtariy. Más aún, cuando yo había hechizado a Muchtariy.
Mi papá se fue muy temprano al trabajo, sólo pude decirle adiós a mi mamá cuando el taxi llegó. Ella lloró mientras me daba un abrazo apretado.
Primero visitaremos Heerstrasse, le dije al taxista en la autopista. Él asintió y siguió manejando. Cuando llegamos al cementerio, el sol estaba radiante.
Encontré la tumba de mi abuelo y miré la inscripción en el mármol. Pareciera que estuviera preguntando: “¿A dónde vas Isfandiyor?”. Cuando me hinqué frente a él, la imagen se hizo más grande.
Le hablé al mármol mientras miraba la imagen: ¡Abuelo, iré a tu tierra! Ningún sonido salió de la lápida, sin embargo, de aquella imagen surgió en mí la pregunta:
Isfandiyor, ¿a dónde vas?…

Sherzod Artikov


Acerca del autor.

Sherzod Artikov nació en 1985 en la ciudad de Marghilan, Uzbekistan. Se graduó del Instituto Politécnico de Ferghana en el año 2005. Sus trabajos son publicados de manera recurrente en la prensa nacional. Su primer libro de narrativa “Sinfonía de Otoño” fue publicado en el 2020.

Fue uno de los ganadores del premio nacional de literatura “Mi Perla Regional” en la categoría prosa. Publicó en revistas electrónicas de Rusia y Ucrania como “Camerton”, “Topos” y “Autográfo”. Así mismo, sus historias han sido publicadas en revistas y páginas electrónicas de Kazajastan, USA, Serbia, Montenegro, Turquía, Bangladesh, Pakistan, Egipto, Eslovenia, Alemania, Grecia, China, Perú, Arabia Saudita, México, Argentina, España, Italia, Bolivia, Costa Rica, Rumania y la India.

Traducido del inglés al español por Daniela Sánchez.

Idioma original: Uzbek.

Contacto con el escritor: http:// Artikov2111@mail.ru

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