CELEBRACIÓN DEL INSTANTE 365+1 HAIKU

Un viejo estanque / salta una rana / ruido del agua. Matsuo Bashoo.

Un Haiku, clásico y referente de este arte atribuido al monje budista Matsuo Bashoo (1644-1694); en esta imagen sentimos su experiencia, percepción y sensibilidad ante el aquí y el ahora.

“Celebración del Instante, es construido como un ciclo anual, en doce capítulos, con 365+1 Haiku, por año bisiesto, conforma el puente entre dos mundos. Inspirado en el crisol del arte japonés, con su delicado aroma, conservando la brevedad, asume el color, la energía, la percepción de Occidente y en particular de Latinoamérica”.

Agustín Letelier, Centro de Estudios Asiáticos. Universidad Católica de Chile.

Theodoro Elssaca, poeta viajero como Bashoo, interpreta el espíritu Zen que impregna ese poema y rinde homenaje al poeta japonés:

“Poza otoñal, / pasa el monje anacoreta, / salta una rana”.

Desde su perspectiva de artista visual, escribe un caligrama que evoca el conocido Haiku del monje zen.

Doce Ecos del Paisaje Sumi-e

Prólogo

Hace más de diez años, recorríamos con Theodoro Elssaca los sectores aledaños de las Termas de Jahuel, montaña adentro, cerca de la ciudad de Los Andes, y de pronto se nos cruzó en el camino un pequeño zorro, que se paralizó al vernos. Él de miedo; nosotros de asombro. ¿O él de asombro también? Nunca olvidaré ese minuto, que se me hizo eterno, en que nos miramos con el zorro, como si algo hubiéramos querido decirnos, desde las orillas de nuestras respectivas soledades, la del animal, y la nuestra. Nunca había visto a un zorro permanecer tanto tiempo frente a frente a un ser humano. ¿Fue tan largo ese cara a cara, o lo sentí así? Elssaca y yo experimentamos una suerte de satori, estado de éxtasis Zen, en el que uno salta a “la otra orilla” y desaparece la distinción sujeto-objeto. Fue un instante de felicidad, plenitud y, al mismo tiempo, enigmático.

Sentí en ese momento que habíamos adquirido una deuda con ese zorro desamparado e inocente, la de decir lo indecible de ese encuentro azaroso. Quise escribir algo, pero los días pasaron y el instante mágico se perdió lentamente en mi olvido. El zorro no se había perdido; yo me había perdido.

Cuando recibí la antología de haiku Celebración del Instante, pensé que Elssaca –más laborioso que yo en esto de juntar versos– había cumplido esa tarea, y que habría un haiku que recreara ese encuentro… Y lo encontré. Es el haiku 318: “Cruzó el camino / mago zorro espiritual / nos transformó”. Elssaca, en este libro, demuestra que de verdad fue transformado por ese instante. Yo estoy en deuda  todavía con él. Aquel instante fue más generoso conmigo que yo con él. ¿Podré algún día decir del zorro “lo que nadie dijo de ninguno”? ¿Podré dar cuenta de esa “Vita Nova” que un encuentro (como el del fugaz cruce de miradas de Dante y Beatriz a los nueve años) puede producir en nuestras vidas? 

Quiero creer que este libro que presentamos es la “Vita Nova” de Elssaca. El haiku es como un zorro que se nos cruza en el camino: huidizo, bello, esplendente, difícil de asir. El haiku –como el zorro– no puede ser cazado: es un don, una aparición, y para que esa aparición sea posible, se necesita estar en un estado de gracia (el mismo que el gran fotógrafo Sergio Larraín considera esencial para una buena fotografía). Y la gracia no se conquista: solo se la recibe después de un largo proceso de vaciamiento.

Si fuéramos fieles a cada instante, a cada pequeño suceso cotidiano y los rescatáramos siguiendo el milenario arte del haiku, serían miles los volúmenes que cada uno de nosotros tendría que escribir. Deberíamos dedicar nuestra vida solo a escribir haiku. Entonces, dejaríamos de vivir. ¿Qué hace que un instante y no otro merezca ser convertido en haiku? Fausto, en una memorable escena del Fausto de Goethe, deslumbrado ante la presencia de Helena exclama “¡detente, bello instante!”. El haiku realiza esa utopía, de convertir el instante en perpetuo. Porque cada instante es perpetuo, como dijo en un poema Octavio Paz, quien se deslumbró con este género poético japonés al punto de escribir una versión al español de Sendas de Oku, diario de viaje de Bashoo, el gran maestro de la poesía del instante.

Muchos instantes son convocados en este libro de Elssaca en un ejercicio de humildad, que convierte la tarea de la poesía en una actividad de servicio, no en una autoexpresión de subjetividad (como lo ha sido en la mayoría de la poesía occidental moderna). Lo dice el mismo Elssaca en el último haiku de este poemario: “Renuncio al Yo / y dejo las palabras / desaparezco”.

Para nosotros, occidentales, desaparecer no es una tarea fácil. El mundo oriental tiene miles de años de pensar y ejercitar la deconstrucción del sujeto. La llamada “deconstrucción” del sujeto de la filosofía europea (Derrida y los otros) es muy tardía y reciente, por eso estamos tan lejos de alcanzarla, nos falta madurar y ahondar milenios para siquiera acercarnos a ese propósito.

El acto más revolucionario hoy en poesía, sería que un poeta –como lo hizo Lao Tse– entregara su libro y desapareciera. Allí comenzaría algo nuevo en la historia de la poesía. El poeta al servicio de la realidad y no la realidad al servicio del poeta. Elssaca, poeta chileno, se suma a los poetas en habla española que han intentado purificar sus egos amplificados, para colocar la palabra a ras de tierra, al lado de las cosas, a verlas y pensarlas meditativamente, antídoto fundamental según Heidegger para ponerle cotos al pensar calculante devastador de nuestro mundo técnico.

En el acto de escribir/recibir un haiku hay algo de la actitud fenomenológica ante las cosas: la epojé griega, el suspender el juicio, para que lo observado esplenda ante nuestros ojos y en el caso de la poesía, habría que decir “ante nuestras palabras”. Algunos de los haiku de este libro cuidadosamente editados no alcanzan la pureza y rigurosidad oriental exigida por los grandes maestros (Bashoo, Buson, Issa, Shiki) a este género poético. Pocos cultores occidentales del haiku han llegado a esa cima, por no decir ninguno. Basta pensar en los haiku de Jack Kerouac o de Mario Benedetti, para mí deficitarios, todavía contaminados de los trucos y trampas del ego poético moderno.

En algunos haiku, Elssaca parece acercarse a la cima de este Monte Fuji de la palabra. Un ejemplo: “Fue una bengala / cayendo desceñida / hacia el olvido”. En otros, se aleja del purismo canónico: “Sardónica risa / descreimiento y crítica / que reflexiona”. Es fácil confundir epigramas o reflexiones con esta forma poética: nada más lejos de su esencia que esos géneros.

El centro del haiku es una imagen, no una reflexión intelectual. Las abstracciones lo matan. Su camino es muy arduo y exigente. Aunque hay dentro del mismo Japón, otros cultores que se han dado más libertades, como muchos poetas occidentales. Yo lo prefiero límpido, no contaminado de excesiva reflexión, como el agua inmóvil de un estanque, donde la realidad se refleja en él con extrema fidelidad. (Aunque la palabra nunca será tan calma como ese estanque…) Pero eso es cuestión de gustos; Elssaca se da libertades propias de alguien que está explorando en zonas fronterizas del “poema visual” (caligrama y también, en un cierto sentido, haiku). Tal vez más que escribir haiku límpidos como los de los maestros japoneses, hay que aspirar a usarlo como una camisa de fuerza y un ejercicio de depuración, que limpie nuestra escritura de retórica, que renueve nuestro idioma español. Pero no siempre que escribimos haiku estamos llegando a él. Aunque intentarlo puede hacerle bien a nuestra lengua poética.

Tarea análoga a la que se propusiera Pound con el inglés, al trabajar con la poesía china.

En este libro, me parece que el aporte fundamental es cruzar la voz ritual de América (que Elssaca ya había explorado en un libro anterior de resonancias amazónicas), el caligrama a la manera de Apollinaire y el haiku. De esos cruces saltan chispas, hallazgos de una poesía por venir. En ese sentido Elssaca es uno de los adelantados en la selva del lenguaje, en nuestra selva lírica: en la amplia tarea para los poetas futuros de desbrozar, y abrir caminos nuevos, que surjan del mestizaje e hibridez de lo americano, lo europeo y lo oriental.

Doy gracias a nuestro amigo fugaz, el zorro, por habernos regalado ese encuentro transformador. Y doy gracias a Elssaca por esta tarea “la más inocente de todas” como llamaba a la poesía Hölderlin, que habría sido un gran poeta de haiku: caminante por la naturaleza como Bashoo, contemplador de ríos, árboles y nubes.

Todavía le queda camino a Elssaca para llegar a la cima de ese arte milenario (mezcla de ejercicio caligráfico, música y escritura), pero ya inició el ascenso. Marcelo Jarpa, el legendario “poeta del parque” ya había comenzado la misma ruta. Son nuestros montañistas chilenos hacia la sencillez del ser y la palabra despojada, desnuda, hacia el Everest de la consagración del instante. El Monte Fuji parece lejano… pero está dentro nuestro, y hay muchos zorros esperando encontrarse con nuestra mirada limpia, que debe ser la poesía. Porque como dijo Eluard la poesía es donner a voir (“dar a ver”).

Termino con un haiku (o pseudo-haiku):

El zorro y Elssaca y Warnken

Se miran en silencio:

¡Celebración del instante!

Cristián Warnken

Valparaíso, otoño del 2018

CELEBRACIÓN DEL INSTANTE 365+1 Haiku, es una obra limitada, numerada y firmada por el autor.

Presentación Biblioteca Nacional de Chile año 2018

Editada por Ediciones UC, 2018.

Libro de tapa dura, 286 páginas. Editorial UC

Disponible en  Librerías.